LXXXIV - LA CAÍDA DE LA REPÚBLICA - DONACIONES DE ALEJANDRÍA - El Ara Pacis -, PINCHA AQUÍ
La batalla de Actium recreada en un óleo obra de Lorenzo A. Castro. Siglo XVII. Museos Reales, Greenwich. Wikimedia Commons
32 a.C., el senado romano, controlado por Octaviano, privó a Antonio de sus poderes y declaró la guerra a Cleopatra VII.
Esta fue la última guerra civil de la República Romana
Tres años antes había tenido lugar en el gran gimnasio de Alejandría «una manifestación teatral y arrogante de hostilidad hacia Roma», como la definió Plutarco de acuerdo con otros historiadores. En esa fastuosa fiesta, Cleopatra se había proclamado «reina de reyes», soberana de Egipto, Chipre, Libia y Celesiria; además asoció al trono a su hijo Cesarión, habido con Julio César, y concedió a sus otros hijos, los que tenía con Marco Antonio, extensos dominios: a Alejandro Helio, los reinos de Armenia, Media y Partia; a Tolomeo Filadelfo, Fenicia, Siria y Cilicia; y a Cleopatra Selene, las provincias de Cirenaica y Libia.
Parecía anunciarse una época de esplendor para la dinastía de los Tolomeos, que, con sangre romana y bajo la protección de Antonio, regiría en el futuro todo el Oriente.
Estimulando una xenofobia tenaz y rencorosa, la propaganda orquestada por el astuto Octavio –en la que colaboraron poetas como Propercio y Virgilio– pintaba a la reina egipcia como una lasciva seductora que había hechizado al voluble Antonio, como ya antes lo intentara con Julio César.
El combate naval librado en la costa de Grecia en 31 a.C. puso fin a los sueños de grandeza de Marco Antonio y Cleopatra y abrió el camino del poder absoluto a Octavio Augusto, el primer emperador.
Uno y otro se lanzaron a reclutar poderosos ejércitos. Antonio contó con veteranos romanos que habían conseguido notables éxitos contra Bruto y Casio, los asesinos de César, en Filipos (42 a.C.) y se habían batido con valentía contra los bárbaros partos; a ese núcleo sumó también fuerzas de Egipto y Asia Menor. Por su parte, Octavio se hizo con un poderoso ejército romano, acrecentado con milicias de las provincias occidentales. Se dibujaba, así, un enfrentamiento entre Occidente y Oriente, entre Roma y Alejandría. Si Antonio se decía protegido por Dioniso, Octavio esperaba el favor de Apolo. El campo de batalla no sería ni Italia ni África, sino una zona intermedia de la costa de Grecia. Recordemos que en las tierras griegas, los romanos habían librado dos batallas memorables: la de Farsalia (48 a.C.), en la que César venció a Pompeyo, y la ya mencionada batalla de Filipos.
Las fuerzas de uno y otro bando eran formidables. En el verano del año 32 a.C., Antonio trasladó el grueso de su ejército al golfo de Corinto y a la costa sur del Épiro. Disponía de unos 100.000 legionarios y 12.000 soldados de caballería, además de unos 500 navíos y los combatientes egipcios que le aportaba Cleopatra. Eran 19 aguerridas legiones y una flota tan numerosa como no se había visto desde las guerras médicas, casi cinco siglos atrás. Por su parte, Octavio reunió en Brindisi –desde donde estaba dispuesto a cruzar a la costa del Adriático– unos 80.000 soldados de infantería y unos 12.000 jinetes, así como una armada de casi 400 naves, en general de menor tamaño que los enormes barcos que llevaba Antonio, pero más ágiles, bien equipadas y con tripulaciones perfectamente adiestradas.
Barcos de guerra romanos en un relieve del siglo I a.C. Colección de los duques de Cardona, Córdoba. Wikimedia Commons
Durante algunos meses, la situación se mantuvo en una tensa espera, con algunas escaramuzas de escaso efecto. Durante el otoño y el invierno, los huracanados vientos de la zona impidieron un combate naval en toda regla y en verano las calmas y la falta de vientos lo hacían muy difícil. La poca acción y la demora resultaron a la larga muy perjudiciales para las tropas de Antonio concentradas en la zona, obligadas a permanecer inactivas y con problemas de abastecimiento.
Octavio, consciente de que era más hábil como político que como estratega, dejó la dirección última de la campaña en manos de Marco Vipsanio Agripa, su fiel lugarteniente y constructor del célebre Panteón de Roma. Agripa actuó con rapidez y gran pericia táctica. Apenas acabó el invierno zarpó hacia Grecia con una rauda escuadra de galeras pequeñas y ágiles, las llamadas liburnias.
Marco Vipsanio Agripa, el vencedor de Actium. Copia de un busto del siglo I a.C. Museo del Ara Pacis, Roma. Wikimedia Commons
En cuanto cesaron las tormentas de fines de agosto, la flota de Antonio se hizo a la mar. Era el 3 de septiembre del año 31 a.C. Los navíos –después de que se hubieran quemado todos aquellos que no estaban en condiciones de navegar– avanzaron primero a fuerza de remos, luego impulsados por el viento del norte. En total, Antonio contaba con unos 400 barcos, en su mayoría de gran tamaño, pues no sólo llevaba trirremes y quinquerremes, sino incluso naves con ocho o diez filas de remeros. Todas ellas estaban provistas de las habituales máquinas de guerra y transportaban de 20.000 a 30.000 legionarios, además de los remeros. Llevaban a bordo todas las velas, dispuestas para una larga travesía. La escuadra de Octavio, que disponía de un número de barcos parecido o algo superior, aunque en su mayoría de menor tamaño, más ligeros y mejor provistos, retrocedió para que el combate se librara en mar abierto.

Las quinquerremes, de hasta 60 m de largo, eran movidas por 270 remeros y llevaban hasta 130 soldados. En Actium formaron el grueso de la flota de Antonio. Wikimedia Commons
UNA BATALLA DESIGUAL
Continúa Plutarco: «A la hora sexta, cuando empieza a soplar la brisa marina, los hombres de Antonio, incapaces de soportar la espera, y confiados en la altura y el tamaño de sus navíos, que creían inexpugnables, movieron el ala izquierda. César [Octavio] se alegró al percibirlo, e hizo retroceder de popa su ala derecha con la intención de arrastrar aún más a sus enemigos fuera del golfo y los estrechos, y, tras rodearlos con sus maniobreros barcos, lanzarse a entablar combate contra unas naves cuya pesada mole y escasa tripulación las hacía lentas y difíciles de gobernar».
La batalla comenzó muy reñida. Antonio perdió en su embestida inicial diez o quince barcos, mientras que su buque insignia quedó apresado por un harpax, una especie de garfio para el abordaje inventado por Agripa, y tuvo que trasladarse a otra nave. Tanto Dión Casio como Plutarco destacan esa diferencia de tamaño y movilidad entre los navíos de una y otra flota, algo que dio al combate un aspecto singular. Los barcos romanos, más ágiles y más bajos, atacaban a las embarcaciones mayores, más torpes de movimientos, intentando quebrar sus filas de remos, a menudo sin concluir el abordaje, mientras los otros, desde sus altas bordas, los rechazaban lanzando fuego, proyectiles y piedras con sus máquinas de guerra.
Antonio y Cleopatra en Alejandría. Óleo sobre tela de Andrea Casali, 1720. Museo de Arte Blanton, Austin.
La batalla estaba aún sin decidir, y se peleaba con terrible furia en todo el frente, cuando Antonio advirtió que algunas de sus naves retrocedían o se rendían, mientras que los 60 barcos de Cleopatra emprendían la fuga hacia el sur, con las velas desplegadas, aprovechando el viento que soplaba del norte y el espacio que había quedado libre al sur al desarrollarse el combate. Sus más negros presentimientos se estaban cumpliendo. Desconfiando de sus propias fuerzas, él mismo, con su navío, abandonó la línea de combate y marchó tras la flota egipcia hacia alta mar. Su decisión sembró la confusión entre el resto de sus barcos, algunos de los cuales lo siguieron. En su rápida huida, Antonio pronto logró alcanzar la galera de Cleopatra, la llamada Antonia. Tras subir a ella, se sentó en la proa del navío, solitario y silencioso, con la cabeza entre las manos y sin querer ver a nadie, rumiando su fracaso durante horas.
Cleopatra VII y Marco Antonio
Sobre este sorprendente desenlace del combate se han avanzado diversas interpretaciones. Para algunos historiadores, ya desde un principio Antonio habría planeado, tal vez como una segunda alternativa, en caso de que resultara adverso el desarrollo de la batalla, la retirada de Cleopatra con sus barcos y su tesoro hacia Egipto; así que habría actuado de acuerdo con ella al darse cuenta de que algunos de los navíos de su frente desertaban y no podía confiar en la victoria en el ataque inicial. Para otros historiadores antiguos (como Plutarco y Dión Casio, que describen minuciosamente el transcurso de la batalla, pero que seguramente lo hacen influidos por la versión romana y la propaganda oficial), la huida fue iniciativa de la propia Cleopatra, que abandonó la batalla quizá por pánico y pensando sólo en salvarse con sus barcos y riquezas, mientras que el impulsivo Marco Antonio la habría seguido movido por su pasión amorosa, sin meditar el alcance de su acción.
Texto extraído: Historia National Geographic
LA MUERTE DE ANTONIO FUE ANUNCIADA EN EL SENADO POR CICERÓN "EL JOVEN", EL HIJO DEL ORADOR. OCTAVIANO RATABA DE GANARSE A LOS DAMNIFICADOS POR EL SEGUNDO TRIUNVIRATO.
'La muerte de Marco Antonio', de Pompeo Batoni (1763). Luis Cobelo
Al amanecer del 1 de agosto Marco Antonio salió al encuentro de su rival en lo que fue el mayor fiasco de su vida: los barcos rindieron sus remos sin plantear lucha, la caballería desertó y los soldados de infantería huyeron. Antonio volvió al Palacio, y al creer el rumor de que Cleopatra se había suicidado se atravesó el vientre con su espada. La reina (que estaba escondida en su mausoleo) al enterarse de lo ocurrido ordenó que llevaran a Antonio junto a ella que tras horas de agonía murió entre sus brazos.
No se sabe cuál fue la reacción de Octavio al recibir la noticia, aunque dudo que llorara al ver la espada ensangrentada como apuntan algunas crónicas pues nunca sintió el más mínimo afecto hacia una persona tan diametralmente opuesta a él que no sólo había humillado a su queridísima hermana, sino que había dado la espalda a lo que Octavio más amaba: Roma.
Tras conceder un indulto a los habitantes de Alejandría y permitir el entierro de Antonio con todos los honores, en los días sucesivos el vencedor entró triunfalmente en la ciudad (que le impresionó profundamente) con la intención de reunirse con Cleopatra.
Cleopatra delante de Octavio Augusto. Guercino. 1640. Roma. Pinacoteca Capitolina
Si Octavio hubiera sentido algún interés por ella, Cleopatra hubiera cedido pues reina por encima de todo, habría hecho cualquier cosa por conservar Egipto para la dinastía Ptolemaica, independiente del amor que había sentido por Antonio.
La muerte de Cleopatra. Reginald Arthur. 1892. Londres. Roy Miles Gallery
Fuente: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:The_Death_of_Cleopatra_arthur.jpg
Tras perder todas sus esperanzas y conocedora de la costumbre romana de humillar a los reyes vencidos obligándoles a desfilar en el Triunfo del general victorioso encadenados a su carro triunfal por las calles de Roma, Cleopatra se suicidó con gran dignidad.
Tras fingir que se resignaba a su suerte consiguió que sus guardianes se relajaran, logrando darse muerte sin que Octavio pudiera hacer nada para evitarlo.
Tras ordenar que el cuerpo de Cleopatra fuera enterrado con todos los honores junto al de Antonio respetando la última petición de la soberana, Octavio mandó dar muerte a Antilo (hijo mayor de Antonio con Fulvia) y a Cesarión que habiendo cumplido legalmente la mayoría de edad podían plantearle problemas futuros. Los otros tres hijos de Marco Antonio y Cleopatra fueron perdonados y llevados con él a Roma donde tras desfilar en su Triunfo fueron entregados a su hermana Octavia que también cuidaba desde hacía años al hijo menor de Antonio y Fulvia, Julo Antonio. Los niños recibieron una esmerada educación de príncipes. Poco se sabe del destino de los pequeños Alejandro Helios y Ptolomeo Filadelfo que, seguramente murieron en su más tierna infancia. Cleopatra Selene en cambio contrajo matrimonio con Juba II de Mauritania país del que llego a ser reina.
Julo Antonio acaricia la cabeza de Julia Menor tras los pasos de su madrastra Octavia. Fragmento del
Ara Pacis Augustae. 13-9 a.C. París. Museo del Louvre
Fuente: http://www.slideshare.net/efeferna/3-museo-del-louvre-antigedades-romanas-edicin-revisada
Egipto perdió su independencia al convertirse en provincia romana; no obstante a partir de entonces el emperador ejercería un control especial a través de un prefecto perteneciente al orden ecuestre sobre el país del que dependía la mayor parte del abastecimiento de grano de la capital del Imperio, considerándolo su feudo privado. Tal era la obsesión de Augusto por controlar el granero del Imperio que ningún senador podía visitar Egipto sin su expreso consentimiento. Allí, Octavio fue reconocido como faraón, “Señor de las dos Tierras” y “Rey de Reyes” por parte de los alejandrinos que lo aceptaron sin ningún problema.
Augusto como faraón haciendo ofrendas a los dioses. Siglo I a.C. Relieve del Templo de Kalabsha
Por Richard Mortel from Riyadh, Saudi Arabia - Kalabsha Gate, ca. 30 BCE, Scharf-Gerstenberg Museum, Berlin (2), CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=69729530
Puerta de Kalabsha, c. 30 a. C. en el Museo Egipcio de Berlín, donada como parte de la Campaña de salvamento de los monumentos de Nubia.
El Templo de Kalabsha (también conocido como "Templo de Mandulis") es un antiguo templo egipcio que se encontraba originalmente en Bab al-Kalabsha (Puerta de Kalabsha), a unos 50 kilómetros al sur de Asuán.[1] El templo estaba situado en la orilla oeste del río Nilo, en Nubia, y fue originalmente construido en torno al 30 a. C. durante la primera época de los gobernantes romanos. Aunque el templo fue construido durante el reinado de Augusto, nunca llegó a concluirse
Por David Mateos García - Trabajo propio, CC BY 2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1178079
Cuando el cristianismo fue introducido en Egipto, el templo fue utilizado como iglesia.
Con la ayuda de Alemania, el templo de Kalabsha fue reubicado después que la Presa de Asuán fuera construida, para protegerlo de la crecida de las aguas en el Lago Nasser. El templo fue trasladado a un sitio, ubicado al sur de la presa de Asuán.
Cleopatra muriendo con Cesarión detrás de ella— corresponde a un famoso fresco romano hallado en Pompeya, concretamente en la Casa de Giuseppe II, fechado a comienzos del siglo I d. C. Este mural es una de las representaciones antiguas más citadas cuando se habla de la muerte de Cleopatra, y muchos especialistas consideran que la figura femenina coronada es Cleopatra VII, mientras que el joven que aparece detrás sería su hijo Cesarión, ambos con diademas reales.