domingo, 1 de febrero de 2015

Catalina la grande "Arte y arquitectura" (Recomendado)

Extracto del libro de:


Arte, arquitectura y un jinete de bronce

Catalina fundó la soberbia colección de arte con que cuenta hoy el Museo del Hermitage de San Petersburgo cuando solo llevaba un año en el trono. En 1763 supo que había quedado sin pagar una colección de 225 pinturas acumuladas en Berlín por un tratante polaco que proveía de cuadros a Federico II. El comerciante las había comprado y reservado para el palacio de Sans Souci, construido por el monarca en Potsdam, antes de que este llegase a la conclusión de que no podía permitírselas. La guerra de los Siete Años había hecho estragos en sus finanzas personales y nacionales, y la necesidad de pagar a su hueste y de comenzar a reconstruir su nación devastada era más acuciante que la de adquirir obras de arte para las paredes de su palacio. El tratante, pues, se vio por demás endeudado y en la imperiosa obligación de buscar un comprador para todo aquel material, y Catalina se ofreció para hacerse con toda la colección sin mucho regateo.


El Palacio de Invierno
La adquisición de aquella serie de pinturas destinadas en un principio a Federico no estuvo exenta de cierto elemento de rencor. Estando Isabel en el trono, la nación había estado en guerra con Prusia, y Pedro III, al suceder a su tía, había cambiado de bando para aliarse con aquel. El hecho de dejarlo sin sus cuadros equilibraba, en parte, la balanza. Aunque no todos eran en realidad obras maestras, había tres Rembrandt, un Frans Hals y un Rubens.

Tal fue el deleite de Catalina cuando llegaron a San Petersburgo, que no dudó en dar a los embajadores y agentes que tenía en Europa orden de alertarla de cualquier otra colección que pudiese salir a la venta. Por fortuna, el legado diplomático destinado en París era el príncipe Dmitri Golitsin, refinada figura de la Ilustración que compartía amistad con Voltaire y Diderot y frecuentaba el salón artístico y literario de madame Geoffrin. Fue él quien organizó la compra de la biblioteca de Diderot por Catalina en 1765, y nunca dejó de adquirir cuadros para la emperatriz en lo que duró su estancia en la capital de Francia. Cuando dejó el país para servir en calidad de embajador ruso en La Haya, Diderot aceptó tomar el relevo en la selección y compra de obras de arte para la zarina. Así fue como el crítico de arte más prestigioso y mejor informado del mundo puso su pericia a disposición de la mujer más rica y poderosa.


Unos años después, en 1769, Catalina se apuntó un tanto cuando salió al mercado la célebre colección de Dresde del difunto conde Heinrich von Brühl, ministro de Asuntos Exteriores de Augusto II, rey de Polonia y elector de Sajonia. Desembolsó 180.000 rublos a cambio de ella. Las pinturas, que incluían cuatro Rembrandt más, un Caravaggio y cinco Rubens, se enviaron por mar. Tras cruzar el Báltico, las embarcaciones se introdujeron en el río Nevá y fondearon en el muelle del Palacio de Invierno, a quince metros escasos de las puertas del edificio. La escena se haría habitual en el cuarto de siglo siguiente: naves llegadas de Francia, Holanda y Gran Bretaña desembarcando cajones de embalaje con obras de Rembrandt, Rubens, Caravaggio, Frans Hals y Van Dyck. Dentro del palacio, Catalina hacía que los abriesen estando presente ella sola a fin de verlos y juzgarlos antes que nadie.

Tañedor de laúd Caravaggio (Michelangelo Merisi da Caravaggio)
A medida que se desembalaban los óleos y se iban apoyando en las paredes, se colocaba ante ellos y se acercaba y alejaba para estudiarlos y tratar de entenderlos. En los primeros años, los valoraba menos por su belleza visual o su técnica artística que por su contenido intelectual y narrativo o por la notoriedad y prestigio que conferían a su persona.
El 25 de marzo de 1771 sorprendió de nuevo a toda Europa al comprar la renombrada colección de Pierre Crozat, que había pasado por muchas manos desde la muerte del coleccionista. En ella se incluían ocho obras de Rembrandt, cuatro del Veronés, una docena de Rubens, siete de Van Dyck y varios de Rafael, Tiziano y Tintoretto. Solo faltaba el retrato que había hecho , decapitado por Oliver Cromwell. 

Madame Du Barry, amante de Luis XV, lo había comprado por estar convencida de llevar sangre de los Estuardo en las venas. Catalina no cabía en sí de gozo cuando supo que Diderot se las había compuesto para adquirir el conjunto a mitad de precio. Cuatro meses más tarde, compró la emperatriz ciento cincuenta pinturas de la colección del duque de Choiseul. También en esta transacción calculó el enciclopedista que había pagado menos de la mitad del precio de mercado.

Carlos I de Inglaterra es el retrato más conocido que hizo el pintor holandés Anton Van Dyck. Está realizado en óleo sobre tela, y fue pintado en el 1635. Mide 105 cm de alto y 76 cm de ancho. Se exhibe actualmente en el Museo del Louvre de París.
En 1773 acudieron a San Petersburgo Diderot y Grimm, y a su regreso a Francia, este asumió la función de agente de Catalina en París que había ejercido aquel hasta entonces. Ella se encontraba más cómoda con el segundo, pues si el primero le parecía, como Voltaire, un gran hombre al que había que tratar con cautela, tenía a Grimm por una persona inteligente y agradable. Con él mantuvo una correspondencia informal compuesta por más de mil quinientas cartas. Grimm extendió bien sus redes en nombre de la zarina, y, de hecho, fue él quien adquirió una reproducción de la estatua sedente de Voltaire de realismo sorprendente debida a Houdon. El original se encuentra hoy en la Comédie-Française, y la copia de Catalina, en el Museo del Hermitage.

Jean-Antoine Houdon, voltaire seduto, 1781

En 1778, la emperatriz recibió de su embajador en Londres nuevas de que George Walpole, pródigo nieto de sir Robert Walpole, tenía intención de vender la colección familiar de pinturas. Su abuelo, político liberal que había ejercido de primer ministro durante más de veinte años bajo el mandato de Jorge I y Jorge II, la había reunido durante toda su vida, y las obras que la integraban llevaban desde su muerte, ocurrida treinta y tres años atrás, ornando los muros de la casa familiar de Houghton Hall, en Norfolk. Su descendiente había decidido venderlas todas a fin de saldar sus deudas y sustentar su pasión por la cría de galgos; conformaban la colección privada mejor y más famosa de toda Inglaterra, y una de las más sobresalientes del planeta. Estaba compuesta por poco menos de doscientas pinturas, entre las que se incluían El sacrificio de Abraham de Rembrandt, quince firmadas por Van Dyck y trece de Rubens, y Catalina las quería todas. Tras dos meses de negociaciones, las adquirió por treinta y seis mil libras.

El sacrificio de Abraham de Rembrandt
La transacción provocó un aluvión de indignación pública en Gran Bretaña, en donde se juzgó intolerable que se permitiera a una emperatriz del extranjero comprar y sacar del reino un tesoro nacional como aquel. Se estaba arrebatando al pueblo no tanto una colección de pinturas como un capítulo entero de la historia y la cultura británicas. Horace Walpole, escritor y esteta, tío de George, que la había anhelado siempre y albergaba la esperanza de poseerla algún día, calificó de robo lo ocurrido. Ya que no parecía destinada a acabar en sus manos, «habría preferido», aseguró, «que se vendiera a la corona de Inglaterra y no a la de Rusia, en donde acabará quemada en un palacio de madera a la primera insurrección». La suscripción pública que se llevó a término con la intención de que se compraran de nuevo las obras no sirvió de nada: a Catalina no le importó en absoluto. «Los cuadros de Walpole no van a poder recuperarse», escribió a Grimm, «por el simple motivo de que vuestra humilde servidora ya ha puesto en ellos las garras y no piensa soltarlos más que un gato que ha hecho presa en un ratón.»

Antoine Watteau – La proposition embarrassante – 1715-16 – Museo dell'Hermitage, San Pietroburgo
La operación fue a confirmar la fama que había adquirido Catalina en cuanto principal coleccionista de arte de Europa y cliente más que probable de todo aquel que poseyera un conjunto notable de obras que vender. Tras aquel episodio siguió adquiriendo pinturas, aunque de un modo más selectivo. En 1779, cuando Grimm le recomendó comprar la colección del conde francés de Baudouin, que incluía nueve Rembrandt, dos Rubens y cuatro Van Dyck, rechazó la oferta por considerar demasiado elevado el precio. «El conde», la informó aquel, «deja al arbitrio de su majestad las condiciones, el momento y el resto de consideraciones.» 

Catalina hubo de admitir: «Sería muy descortés de mi parte rechazar una oferta tan generosa». Con todo, no cedió hasta 1782. «El mundo es un lugar extraño», escribió a su corresponsal, «y el número de personas felices, muy reducido. Me doy cuenta de que el conde de Baudouin no va a ser feliz hasta que venda su colección, y tengo para mí que el destino me ha asignado la misión de hacerlo dichoso.» En consecuencia, envió a Grimm cincuenta mil rublos, y cuando llegaron las pinturas y las desembalaron ante ella, volvió a escribir para comunicarle: «Nos han deleitado prodigiosamente».

Domenico Capriolo, Ritratto virile, 1512, San Pietroburgo, Museo Statale Ermitage
En Europa había muchos personajes acaudalados que deseaban que los considerasen expertos, y eso hacía que la competencia fuese muy intensa. Catalina se hallaba por encima de todos en este sentido: era inmensamente rica, confiaba en sus agentes y poseía la confianza de quien solo quiere lo mejor y está dispuesto a pagar lo que sea necesario para obtenerlo. Más tarde, confesaría que el prestigio y la estimación propia también tuvieron mucho peso; que le encantaba poseer, amasar. «No es amor al arte», acabó por admitir entre burlas y veras, «sino voracidad. Soy una glotona.» Sus representantes siguieron comprando cuantas obras hermosas y de valor había disponibles. En lo que duró su reinado, su colección se amplió a casi cuatro mil pinturas, cantidad que la convirtió en la mayor coleccionista de arte y mecenas que haya conocido la historia de Europa.


La zarina, sin embargo, no se limitó a coleccionar, sino que también construyó edificios: se determinó a emplear la arquitectura y la pintura para dejar en San Petersburgo una huella cultural que no pudiera borrar el tiempo. Mientras ocupó el trono, encargó a arquitectos destacados la creación de edificios públicos, palacios, mansiones y otras estructuras de gran elegancia, ejemplos y recordatorio del mundo más amplio al que quería que se uniera Rusia. Aunque Isabel tampoco había dedicado pocos empeños a esta actividad, su exuberancia barroca, de la que constituye un ejemplo cumplido la obra de Rastrelli, se vio sustituida por un estilo neoclásico de gran pureza y sobriedad. Los edificios de Catalina pretendían representar en la forma y el material su carácter y su gusto personales. Prefería combinar la sencillez y la elegancia, empleando columnas majestuosas y fachadas geométricas de granito y mármol en lugar del ladrillo y el yeso pintado de Rastrelli.


Detalle de la fachada del Palacio de Invierno
Para acabar el Palacio de Invierno, obra maestra colosal y barroca que compendia el estilo de Rastrelli, fueron necesarios ocho años. Isabel murió el mismo año en que se culminó: 1761. Aquella estructura ciclópea cuyo paramento exterior, de color verde manzana y blanco, tenía más de ciento treinta metros de altura, poseía 1.050 salas y 117 escaleras; de modo que Catalina, cuando accedió al poder seis meses después, no pudo menos de sentirse abrumada por su tamaño y sofocada por lo recargado de su decoración. 


Su afición por la racionalidad y el orden la llevó a rechazar aquella atmósfera asfixiante de oros, azules y brillos a favor de una vía de escape. Sentía aversión por la pompa y las multitudes, y también por los adornos arquitectónicos, y prefería las reuniones informales en salas de tamaño reducido en las que poder disfrutar de la compañía íntima de unos cuantos allegados. Asimismo deseaba disponer de un espacio amplio y bien iluminado que pudiera servir de galería en la que exponer los cuadros que comenzaban a llegar al muelle de palacio. A fin de crear semejante refugio, recurrió a un arquitecto francés que había llevado a Rusia Iván Shuválov, favorito de Isabel durante los últimos años de su reinado. Este había convencido a la emperatriz para fundar una Academia de las Artes permanente y, a continuación, a Michel Vallin de la Mothe para que acudiera a San Petersburgo y construyese una galería en la que alojar dicha institución. Catalina, a la sazón gran duquesa, no pudo menos de admirar el edificio al verlo terminado en 1759, y una vez coronada, quiso hacerle un encargo para ella misma.

Academia Imperial de las Artes, San Petersburgo.
Palacio de Kyrylo Rozumovskyi en el río Moika, San Petersburgo.
En 1765, De la Mothe diseñó para la zarina un retiro privado y galería de arte en la que colgar las pinturas recién adquiridas. Ella lo llamó Hermitage, aunque posteriormente se conocería como Pequeño Hermitage. El arquitecto concibió aquel edificio de tres plantas como un anexo del colosal Palacio de Invierno de Rastrelli, y lo cierto es que, de un modo u otro, quizá por tener un tamaño mucho menor, su fachada neoclásica no decía mal al ciclópeo edificio exornado que se extendía a continuación. A lo largo de su reinado, Catalina lo emplearía a modo de residencia urbana a la europea en la que leer, trabajar y entablar conversaciones. Fue allí donde se reunía con Diderot durante la visita de este a San Petersburgo, así como con Grimm —quien estuvo en la capital en dos ocasiones—, con el embajador británico James Harris y con muchos otros. También gustaba de pasear por su galería, sola o rodeada de amigos, y reflexionar sobre los últimos tesoros adquiridos.

Pequeño Hermitage, San Petersburgo.
«Deberíais saber que nuestra manía por la construcción tiene más fuerza que nunca», escribió Catalina a Grimm en 1779. «Es algo diabólico; consume muchísimo dinero, y cuanto más construye uno, más quiere construir. Es una enfermedad como la adicción al alcohol.» Con todo, los edificios que erigió fueron casi siempre para otros. 

En 1766 había encargado a Antonio Rinaldi un palacio rural para Gregorio Orlov en Gátchina, cincuenta kilómetros más al sur de San Petersburgo. Allí fue donde Orlov invitó a Jean-Jacques Rousseau, y también donde la emperatriz puso a aquel en «cuarentena» durante un mes cuando, airado, regresó al galope del sur tras saber que ella lo había sustituido en calidad de favorito por el desventurado Vasílchikov. 

Vista general de la fachada del Palacio de Gátchina.
Dos años después, le mandó construir en la capital, también para Orlov, el Palacio de Mármol, sito en un jardín que daba al río Nevá. En lugar de erigirlo de ladrillo y después enlucirlo con gruesas capas de estuco pintado de vivos colores, tal como habría hecho Rastrelli, Rinaldi lo fabricó de granito gris y rojo, combinado con mármol de diversos tonos: rosa, blanco y gris azulado. En la fachada, Catalina hizo inscribir: «En amistad agradecida».

El Palacio de Mármol
El Palacio de Mármol
De todos los palacios privados construidos para otros por la zarina, ninguno fue tan grande y espectacular como el que hizo para Potemkin. Para él eligió a un arquitecto ruso, por nombre Iván Starov, que había pasado una década estudiando en París y Roma. Él fue el artífice del singular palacio neoclásico de Táuride, culminado en 1789 y considerado la residencia particular más magnífica de Rusia. Su vestíbulo abovedado desembocaba en una galería de setenta metros sostenida por columnas jónicas que se abría a un invernadero colosal. En 1906, cuando el zar Nicolás II creó la primera Duma —el Parlamento de la nación—, este organismo, que no tardaría en volverse irrelevante, tuvo por sede dicho edificio.

Palacio neoclásico de Táuride
Palacio neoclásico de Táuride
 Aun así, pese a la gran responsabilidad que depositó sobre él, no fue Starov el arquitecto que más estrechamente colaboró con Catalina ni el que reflejó de un modo más completo su gusto personal. Tal condición correspondió a un escocés tranquilo y sin pretensiones llamado Charles Cameron, jacobita nacido en 1743 y de formación romana cuyo interés por el diseño de la Antigüedad clásica lo había llevado a escribir un libro sobre los baños de la antigua Roma. A su llegada a Rusia, ocurrida durante el verano de 1779, ya gozaba de no poca celebridad en cuanto creador de interiores y muebles neoclásicos. 

La zarina le encargó reestructurar y decorar sus aposentos privados del palacio de Tsárskoie Seló, en donde pasaba el periodo estival. Igual que tenía aversión al Palacio de Invierno que había construido Rastrelli en San Petersburgo, consideraba inhabitable aquel ciclópeo edificio barroco de color azul vivo, verde pistacho y blanco que había concebido para Isabel en aquella otra localidad. Su fachada, de un centenar de metros, era demasiado grande para ella, y la interminable hilera de salas públicas de refinada decoración se le hacía semejante a un cuartel del ejército profusamente ornamentado. 

El primer encargo que hizo Catalina a Cameron fue la reforma y redecoración de sus aposentos privados. Tal comisión constituyó una prueba para el gusto y la pericia del arquitecto, quien creó espacios sencillos y elegantes de color delicado: blancos lechosos, celestes, verdes, violetas... «Nunca deja de sorprenderme su obra», escribió a Grimm la emperatriz, «ni he visto jamás nada que la iguale.» En adelante, permitiría al arquitecto emplear los materiales más costosos —ágata, jaspe, lapislázuli, malaquita y bronce—, y aun lo animaría a ello con el tiempo.

El salón de baile.
La capilla del palacio.
En 1780, la zarina le confió la construcción de un palacio para su hijo, el gran duque Pablo, y su esposa, María, en Pávlovsk, a cinco kilómetros de Tsárskoie Seló. En 1777, al nacer su nieto Alejandro, Catalina había concedido a la pareja cuatrocientas hectáreas y un parque inglés dotado de estanques, puentes, templos, estatuas y columnatas. El edificio, que se convirtió en el refugio de María durante sus muchos años de viudedad está considerado hoy, tras la restauración a que hubo de someterse después de los daños terribles sufridos durante la segunda guerra mundial, una obra maestra.


Palacio Pávlovsk

Templo de la Amistad en el parque del palacio, junto al río Slavyanka.

El siguiente cometido de Cameron fue la transformación de otra parte del colosal palacio de Tsárskoie Seló. Creó el Pabellón de Ágata, conformado por tres salas de paredes de jaspe sólido intercalado con ágata roja. 

Las habitaciones de ágata de Catalina II.
A esto siguió su triunfo más señalado: la terraza con columnata que lleva su nombre. La Galería de Cameron, construida en mármol sobre una base de granito, mide ochenta metros y posee un peristilo exterior de esbeltas columnas jónicas. Se situó en el extremo izquierdo del palacio de Rastrelli, cerca de los nuevos aposentos privados de la zarina y perpendicular a la larga línea del edificio principal. Entre las columnas de esta galería cubierta colocó más de cincuenta bustos de bronce de filósofos y oradores griegos y romanos. Allí, rodeada de las figuras que admiraba, podía sentarse a leer en verano, y al levantarse, tenía la ocasión de caminar hasta el extremo, que desembocaba en una escalera curva de cierta amplitud dividida en dos ramales, uno con peldaños y el otro con rampa, para descender al parque. En sus años finales, podía elegir entre subir o bajar caminando o transportada en silla de ruedas.

La Galería Cameron
Después de Cameron, su arquitecto preferido era Giacomo Quarenghi, italiano que también diseñaba y construía en estilo neoclásico. Llegó a Rusia en 1780, dos años después que Cameron, y comenzó diseñando el Teatro Palladiano del Pequeño Hermitage, que decoró con columnas de mármol y estatuas de dramaturgos y compositores. También ideó el austero Palacio de Alejandro de Tsárskoie Seló, dedicado al queridísimo nieto de la emperatriz, el futuro zar Alejandro I. Un siglo más tarde, el edificio serviría de casa de campo a su cuadrinieto, Nicolás II, el último zar de Rusia, y su familia.

Vista del Teatro del l'Ermitage dal lungoneva 
Interior del teatro (Palladiano)
No todos los artistas a los que alentó y apoyó Catalina eran foráneos: el Estado enviaba a los mejores alumnos rusos de la Academia de las Artes al extranjero en grupos de doce para que pasaran dos, cuatro o más años estudiando en Francia, Italia o Alemania. Los dos retratistas más señalados de su tiempo, Dmitri Levitski y Vladímir Borovilovski, eran ucranianos. El cuadro más célebre de este último representa a la zarina, ya mayor, paseando a su perro en el parque de Tsárskoie Seló. 

La zarina, ya mayor, paseando a su perro
Catherine II strolling in the park at Tsarskoye Selo with the Chesme Column in the background
Otro de los artistas de los días de Catalina nacidos dentro de las fronteras de su imperio fue el arquitecto Georg Friedrich Velten, cuyo padre había emigrado a Rusia para servir de jefe de cocina de Pedro el Grande. El hijo estudió fuera y, a su regreso, recibió el encargo de retirar los muelles de madera del Nevá y revestir los embarcaderos de granito finlandés. La continuidad arquitectónica de su obra, que se extendía a lo largo de cuarenta kilómetros, proporcionó al puerto fluvial una elegancia majestuosa. Al mismo tiempo, el material sólido de los muelles los convertían en fondeaderos en los que poder atracar y descargar embarcaciones de río y de mar.


Si para sus edificios buscaba líneas rectas, clásicas y puras, en sus parques y vergeles la zarina quería todo lo contrario: cuando transformó los jardines de estilo formal holandés y francés de Tsárskoie Seló, tuvo por asesor y jardinero a John Busch, inglés de origen hannoveriano que hablaba con ella en alemán. Su facilidad para los idiomas había sido de gran ayuda cuando le asignaron el papel de mesonero alemán durante la visita de incógnito que hizo a Tsárskoie Seló el emperador José II, quien se presentó como conde Falkenstein. El puesto estuvo muchos años a su disposición, y cuando él se jubiló, pasó a su hijo Joseph. Además, el jardinero acabó emparentado con Cameron, el arquitecto escocés, quien al no hablar francés ni ruso, se alojó en su casa a su llegada a Tsárskoie Seló y, con el tiempo, contrajo matrimonio con su hija.


Catalina ayudó a diseñar el nuevo parque. Sentía atracción por las flores, los arbustos, los monumentos, los obeliscos, los arcos de triunfo, los canales y los senderos serpenteantes, y de todo ello incluyó Busch en su trazado. «Ahora me gustan hasta el embeleso los jardines a la inglesa», escribió a Voltaire, «las líneas curvas, las pendientes suaves, los estanques como lagos ... y desprecio las rectas. ... Odio las fuentes que torturan al agua y la obligan a seguir un curso contrario a su naturaleza. ... 


Los Baños Turcos y la Columna de Chesma.
Puente de Mármol.
Fuente de la joven con el jarro roto.

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