jueves, 5 de febrero de 2015

Pamplona: el arte estalla en el campus (I) (Recomendado)

El legado de María Josefa Huarte 

María Josefa Huarte compartió con su familia una gran admiración por el arte contemporáneo. Visitante asidua de museos y galerías de arte, a lo largo de los años fue reuniendo una importante colección de renombrados artistas de su tiempo, así como de otros emergentes, con los que estaba vinculada a través de su entorno familiar.

Rafael Moneo y María Josefa Huarte, ante L'espirit catalá, de Tàpies.
De esta forma, el legado Huarte se compone de medio centenar de obras pictóricas y escultóricas, muchas de ellas de primera calidad. Entre los nombres que figuran en esta colección nos encontramos con algunos de los artistas españoles más internacionales de la segunda mitad del siglo XX, así como de autores extranjeros, cuya obra está ampliamente reconocida por la crítica. En total, 18 artistas como Pablo Picasso, Vasili Kandinsky, Mark Rothko o Eduardo Chillida, tres de los cuales, Pablo Palazuelo, Jorge Oteiza y Antoni Tàpies, están representados con un importante número de obras.

La colección de fotografía 

A dicha colección se añade el antiguo Fondo Fotográfico de la Universidad de Navarra, que se inició en 1981 con la recepción del legado de José Ortiz-Echagüe, uno de los principales fotógrafos españoles del siglo XX. A raíz de esta primera donación, la Universidad fue reuniendo diferentes colecciones y legados que se constituían en el Fondo, inaugurado en 1990.

José Ortiz-Echagüe
Con los años, ha ido ampliándose hasta agrupar 14.000 fotografías y 100.000 negativos desde el siglo XIX hasta la actualidad, que cuenta con artistas contemporáneos (Joan Fontcuberta, Lynne Cohen, Roland Fisher, o Javier Vallhonrat), otros relevantes de la historia de la fotografía del siglo XIX (el vizconde de Vigier, Alphonse de Launay, Gustave Beaucorps, Jean Laurent o José Martínez Sánchez), representantes de la ‘nueva fotografía' del siglo XX (Pere Català Pic o Josep Renau), o fotoperiodistas (como Robert Capa, Agustí Centelles o Henri Cartier-Bresson).

José Ortiz-Echagüe
Las fotografías del legado de José Ortiz-Echagüe incluyen todos los grupos temáticos que desarrolló el fotógrafo en su fructífera trayectoria: sus primeras fotografías realizadas en el norte de África, y las series que componen sus cuatro libros fundamentales: España tipos y trajes (1929), España pueblos y paisajes (1939), España mística (1943), y España castillos y alcázares (1956), a las que habría que sumar el grupo de imágenes familiares.

José Ortiz-Echagüe
A este legado inicial se sumarán con el tiempo las colecciones de Víctor Méndez Pascual y Robert Hershkowitz, que contiene una serie especialmente valiosa de fotografías del siglo XIX. A ellas se sumará, más recientemente, la colección Juan Naranjo, más rica en piezas contemporáneas.

Pamplona: el arte estalla en el campus
  • La ciudad acoge el primer museo universitario español dedicado a la creación plástica
  • El edificio, obra de Moneo, alberga la colección de María Josefa Huarte
  • Con una inversión de 22,5 millones, fusiona el campus y la ciudad.


El arquitecto navarro Rafael Moneo (Tudela, 1937) presentó en enero del 2015 el Museo Universidad de Navarra, su última obra, ha pretendido lograr una conexión directa entre el campus y la ciudad.

 "Un edificio con forma de arco que abraza los diferentes espacios universitarios", comentaba el arquitecto en otoño cuando acabaron las obras. Moneo eligió ese emplazamiento para que fuera el nexo, la unión, entre la ciudad y el campus, ya que se sitúa en el límite entre los dos. Quiere que este edificio de tres plantas y 11.000 metros cuadrados dialogue con la ciudad y la universidad.
En un recorrido por las instalaciones, el único español que ha logrado el Premio Pritzker (1996) se ha mostrado satisfecho de un museo que, ha dicho a los periodistas, «se ha ido convirtiendo más y más en un pequeño centro cultural, del que disfrutarán tanto la universidad como la ciudad de Pamplona».


Con más de 11.000 metros cuadrados útiles y una inversión total de 22,5 millones de euros, el edificio consta de tres plantas que albergarán espacios tan diferenciados como doce salas de exposiciones, dos cajas negras y los corredores expositivos, así como aulas y un teatro con 750 butacas.

El Museo Universidad de Navarra alberga un teatro capaz de alojar a más de 650 personas en su interior. En este espacio, la danza, la música y el teatro estarán presentes para todos los públicos que visiten este espacios expositivo y artístico.
«No es solo un museo de cultura sino un centro con actividades diversas, con una voluntad de establecer un puente entre la universidad y la ciudad», precisó.

Aunque la integración de sus edificios en su lugar y en su ciudad es una de las características de Moneo, el arquitecto reconoció que en esta obra «su implantación en el paisaje o en el campus es quizás lo más llamativo», junto con «esa conjunción de elementos de programas muy diversos».


Museo de la Universidad de Navarra, así es por dentro:





Cabría decir que este museo de Rafael Moneo es un poco como Rafel Moneo. La sobriedad y pureza de líneas, la disposición racionalista e incluso grave del hormigón poroso, el basalto y la madera de roble a lo largo de los 11.000 metros cuadrados (3.000 de espacio expositivo) y la sensación de estar —si se mira desde fuera— ante un edificio mucho más pequeño y aéreo de lo que en realidad es, no esconden lo más importante: un interior que alterna poesía y disrupción. Laberintos de piedra, sobrio roble, espacio vaciado en la estela de Oteiza (“del que algo hemos aprendido con el paso del tiempo”, admite Moneo).



Iñigo Manglano-Ovalle 

Nació en Madrid en 1961. Hijo de médicos investigadores, su padre español, su madre colombiana, su vida presenta un trazo nómada. Ha residido sucesivamente en Bogotá, Chicago, Madrid, y de nuevo en Bogotá y en Chicago, donde actualmente vive y trabaja. Estudió literatura comparada en el Williams College de Massachusetts entre 1979 y 1983. Posteriormente, en 1989, obtendría un título de Master en la Escuela de Arte del Art Institute de Chicago. Desde 1997 es profesor de arte en la Universidad de Illinois, en Chicago.

Los imponentes cubos -cabañas, más exactamente- realizados con madera quemada que se levantan a unos 4 metros de altura en la sala de exposiciones temporales de la planta baja del MUN, ocupada en esta primera programación artística -hasta el próximo mes de octubre- por el creador madrileño asentado en Estados Unidos Iñigo Manglano-Ovalle, nos sitúan frente a una poética de preocupaciones de nuestro tiempo. Sobre nuestra relación con la naturaleza y el medio ambiente, la economía, la contaminación..., el artista aporta su visión crítica en una producción que ha creado expresamente para el Museo Universidad de Navarra.

Vista de una de las grandes cabañas creadas por Iñigo Manglano-Ovalle con madera quemada. (Cascante)
Bajo el título The Black Forest, esta intervención, que incluye imágenes a gran escala tomadas en suelo natural navarro, en concreto en el Hayedo de Quinto Real, nos habla también de “la idea de la cabaña, del bosque como un lugar de relatos, de misterio; como el primer lugar de la cabaña y de la arquitectura”, en palabras de Santiago Olmo, quien firma el texto del catálogo de esta exposición. La propuesta de Manglano-Ovalle (Madrid, 1961) conecta con la colección fotográfica de la UN y, específicamente, con la obra de Ortiz-Echagüe, por el empleo del carbón.  

Una obra para experimentar


En su proyecto, Iñigo Manglano-Ovalle juega con la ocultación y el desvelamiento -el visitante, al entrar en la sala, únicamente percibe un gran cubo, para darse cuenta de inmediato, al transitar por la sala, al experimentarla, de que hay otra imponente cabaña, el doble de la anterior-, precisamente los resortes que permiten el pensamiento del filósofo Martin Heidegger y abren una concepción poética de la existencia. Junto a las imponentes cabañas, se muestran imágenes tomadas en el bosque de Quinto Real y Carbon Footprints o carbones directos, fotografías al carbón realizadas en distintos lugares del mundo; exponiendo a la luz solar un papel con un cuadrado en su centro con emulsión al carbón, prescindiendo de todo aparato-cámara y trasladando la estructura del espacio cocina-cámara al exterior, la imagen resultante, intensamente negra, es la más auténtica y verdadera representación de la luz, “una luz que no contiene ni transporta ninguna imagen porque es ausencia de imagen en sí misma”, apunta Santiago Olmo.

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